Voluntariado con personas mayores: un bonito testimonio

 

En noviembre, encontré un puesto de voluntariado en la ONG australiana Australian Multicultural Community Services. Al ser una expatriada en Australia, quería contribuir en cualquier tarea relacionada con la población polaca en Australia. Estaba muy emocionada por la idea de ser el apoyo social de una persona mayor aislada originaria de Polonia. Echo de menos a mi familia, y en especial a mis abuelos, que viven muy lejos. Así que la motivación de mi voluntariado provenía en parte de mi sentimiento de culpa, al igual que de la obligación de aportar algo a la sociedad.

Julia, la coordinadora de mi voluntariado, me presentó al Sr. Stanislaw cuando le estábamos visitando en su casa. Antes de eso, los dos nos conocimos en una presentación de voluntarios y me proporcionó todo tipo de información necesaria para mi futura tarea. Era genial tener a Julia como mentora y alguien con quien siempre pudiera hablar. Es sin duda una persona con una vocación de ayuda a los demás.

Después de que Julia nos presentara, ¡me sentí un poco decepcionada! Fue debido a mis expectativas, ¡no debería tener ninguna! El hombre me dio la primera impresión de ser muy egocéntrico y también de estar deprimido, mencionó varias veces que estaba listo para morir. Era difícil mantener una conversación... Sin embargo, animada por Julia y por mi intuición, seguía queriendo darle una oportunidad, decidí vernos al menos un par de veces más, y después determinar si me comprometía para un periodo más largo (que lógicamente es uno de los requisitos de este puesto de voluntariado).

En mis siguientes visitas, me di cuenta de que el Sr. Stanislaw tenía unas historias increíbles que contar. Repetiría las mismas historias muchas veces. Le encantaba contarme una de un médico indio, en cuya casa realizaba tareas de jardinería. Crearon una gran amistad, y el médico indio le invitó a un viaje a su país. Cuando estaba presentando al Sr. Stanislaw al resto de su familia en India, le presentó como su hermano. El Sr. Stanislaw le preguntó entonces: «Mira, doctor, tenemos diferentes colores de piel, hablamos idiomas distintos y provenimos de culturas diferentes, ¿por qué me llamas hermano?», a lo que amistosamente respondió el médico: «Stan, ambos somos humanos, así que somos hermanos». Probablemente haya escuchado esta historia cada vez que visitara al Sr. Stanislaw.

Cuanto más conocía al Sr. Stanislaw, más sabía sobre él y su familia. Como voluntaria, me interesaba ayudarle y nunca juzgué lo que me dijera. Después de todo, ¿quién soy yo para juzgar? Nunca he vivido dificultades ni trabajados forzados ni migración forzada. Por lo tanto, cuanto más escuchaba sobre las historias de su vida, más apreciaba cada momento de la mía, una vida bastante afortunada. A pesar de estar separado de su mujer (y también de su familia, de cierta manera), siempre hablaba bien de ellos y los echaba realmente de menos. Tenía fotos de sus nietos visibles en su apartamento y, con mucha implicación, me contaba historias de cada uno de ellos. También estaba orgulloso de garantizar a su familia una vida mejor en Australia, en comparación con el lugar y la época en los que creció (guerra, aldea pobre en Polonia y, más tarde, trabajos forzados en Alemania). Admiraba su trabajo duro para conseguirlo.

Tenía unos 94 años, pero parecía mucho más joven, principalmente cuando sonreía. Me tomé una foto con él cuando nos hicimos amigos.

El Sr. Stanislaw me dijo una vez: «Tienes cabeza, utilízala», y creo que esto define su mantra. Tras jubilarse, siguió trabajando 20 años más. Después, sus piernas empezaron a dolerle, y caminar se tornó difícil. Cuando lo conocí, solo caminaba con ayuda o con una silla eléctrica para hacer compras y salir en general. Sí, a la edad de 94 años era independiente, hacía la compra y cocinaba él solo. Recogía algunas cosas tiradas en las calles, las limpiaba y reparaba, y después las enviaba a organizaciones benéficas. También podía leer, y vi muchas veces en su casa libros polacos prestados de una biblioteca. Como mi madre me envía revistas polacas por correo, cada vez le llevaba una, ¡y estaba muy contento de mantenerse al día!

Una vez le di un bastón, y en la siguiente visita, me dio un paquete de chocolate como muestra de agradecimiento. No lo quise aceptar, pero insistió. Esa vez, mostró su verdadero sentido del humor, al fingir que se enfadaría mucho e interpretar ese papel.

Otra vez, me cantó una serenata de bonitas canciones polacas antiguas, probablemente de la época de la guerra. Una empezaba con las palabras: «Adiós, mi ángel, tengo que ir a combatir...» y la cantó justo cuando me estaba yendo. Volví en bici a casa con lágrimas cayendo de mis ojos...

Mi primera impresión sobre el Sr. Stanislaw estaba tan equivocada. Aunque puede que estuviera deprimido, tenía buena razón para ello: sus piernas no tenían tanta fuerza como cuando era joven. Y todavía tenía este increíble deseo por trabajar y estar activo. Hablaba mucho de sí mismo, pero provenía del hecho de que estaba muy solo (y lo admitió). También era un hombre de honor, nunca le pidió a su familia que le llevaran a su(s) casa(s). Prefería hacer frente a su vida él solo, aunque supusiera estar solo la mayoría del tiempo. Me contó un montón sobre él, y ¡estoy muy contenta de que lo haya hecho! Aprendí a escuchar como nunca antes había aprendido.

Aunque este escrito es algo largo, mi historia sobre los encuentros regulares que mantenía con el Sr. Stanislaw es muy corta. Lo conocí aproximadamente durante unos meses. Estoy muy contenta y agradecida a la organización por haberlo conocido. No solo desarrollé un gran sentimiento de empatía hacia personas mayores y solitarias, sino que también desarrollé el sentimiento de que yo, una persona, puedo hacer algo al respecto. En nuestro último encuentro, el Sr. Stanislaw me trajo un enorme ramo de flores. Me agradeció mis visitas al hospital (estaba en el hospital muchas veces, y siempre estaba sorprendido y contento de que lo visitara allí). Un poco avergonzado, me preguntó si me gustaría convertirme en su nieta adoptiva. Me conmovió completamente En un periodo de tiempo tan corto, conseguí un amigo increíble.

La última vez que lo vi estaba en urgencias en el hospital. Estaba durmiendo y los médicos no pudieron despertarlo. Le hablé en polaco, abrió los ojos, pero los cerró en un segundo y continuó durmiendo. Ese día le llevé un libro polaco... pero era demasiado tarde.

Unos días más tarde, el ramo de flores que me había dado, y que olían tan bien en mi piso, marchitaron. Era el mismo día en el que mi abuelo adoptivo Stasiu falleció. Ahora lo echo de menos a él y a nuestros encuentros, pero estoy muy contenta de haberle proporcionado compañía y de haberle hecho sonreír muchas veces en sus últimas semanas de vida, y de ahí viene mi petición: «Démonos prisa a amar, la gente se va tan pronto» (palabras de Jan Twardowski, cura y poeta polaco).

 

-- Paulina

 

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